Laura Las Delicias
Daniela las delicias de Maiky
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Ricaurte se escribe con L.

En lenguaje transmileneístico, Ricaurte se escribe con L. Con L de locura, sobre todo si tenemos en cuenta la saturación de transeúntes que puede observarse a horas tempranas de la mañana. Con L de lucha, después de las 8:30 a.m. las puertas corredizas que conectan con rutas rumbo al norte, lo dejan claro. Con L de ladrones, que transitan todo el día (esta y diversas estaciones); y han aprendido a dejar en el pasajero esa sensación de que para viajar en el articulado capitalino por excelencia hay que estar más alerta que Bob Esponja. Con L de ley, pero de la selva, porque encontrar un policía que sí esté vigilando; tiene las mismas probabilidades que tiene encontrarse una chicharra colorada en cualquier esquina bogotana. Y con L mayúscula, porque la estación de Ricaurte tiene la forma de la duodécima letra del abecedario.

Si por allá a finales de los ochenta hubiésemos tenido una máquina del tiempo —como sí tiene cierto infante de apellido Griffin, protagonista de una reconocida serie animada llamada Padre de Familia—, al llegar al presente habríamos confundido las cápsulas que completan los extremos de Ricaurte con alguna especie de portal urbano receptor de naves espaciales. Una especie de portal urbano de un sistema de transporte (en decadencia) que en la actualidad podría escribirse con L de lamento, debido a una falta de planificación durante la expansión del mismo de la que son responsables varias alcaldías. ¿Quien sabe? Con una indigencia paseadora 'in crescendo' y una profunda negligencia que toca tanto a usuarios del sistema como a autoridades, quizás Ricaurte 2020 se escriba con L de letrina. Mejor no pensarlo.

Existen muchos chistes sobre la longitud de la estación. Quienes nacimos hace dos o tres décadas la hemos llegado a comparar con 'El camino de la serpiente' de la caricatura Dragón Ball Z, una senda interminable que el protagonista del programa tardaba tres o cuatro capítulos en atravesar. También con la cancha de Los Supercampeones, animación japonesa dedicada al futbol en la que los jugadores tardaban varios episodios en alcanzar el arco contrario. Pero ya haciendo cálculos mas serios; podríamos decir que la estación entera mide unas cinco o seis cuadras, alberga aproximadamente unas 8500 personas en hora pico (que según el diario El Tiempo en 2007 eran 7500) y que si hay que cruzarla de punta a punta, consume unos 10 o 15 minutos de la vida diaria de un ser humano adulto por cada vez que es atravesada (medio capítulo televisivo). En su corazón tiene tres desprotegidos cajeros automáticos (Banco de Bogotá, BBVA y Bancolombia; respectivamente) y sorprendentemente personas sacando plata de ellos, en un perímetro de cero policías a la redonda. También, un puesto de información donde parecen mas perdidos que el propio pasajero; y —por estos días— dentro de uno de dos túneles curvilineos, un espacio para algo que se presenta bajo el título 'Mapeos, cartografías, mapas y memorias'. Una exposición que construye memoria (valga la redundancia) de diversos espacios urbanos de la ciudad, desde un lugar tan visible como fácil de ignorar de esta.

Lo que si está muy bien ubicado en Ricaurte son las publicidades, pendones colados invasivamente a lo largo de las cápsulas que contienen informaciones estatales y marcas de productos que sería contraproducente referenciar. Otra vez la metáfora de la vida capitalina, esta vez dejando muy claro cual es el lugar que ocupan las muestras artísticas, la propaganda y los anuncios comerciales en esta ciudad. También está claro el lugar de la policía, llevo media hora atravesando la estación y recién veo el primer uniformado, uno con pinta de capitán que ni siquiera parece jugar de local en este puesto de trabajo. Quince minutos más tarde veré a dos más pelotudeando con Blackberrys, y unos minutos después, al único patrullero responsable que encontré tras una hora u hora y media de estar deambulando la zona. Observando con delincuencial mirada de carterista, todo el largo y el ancho de la estación.

Aun así dudo que entre tanta saturación humanística que se percibe en una estación de estas características, algún ladrón cometa la tontería de elegir Ricaurte como su lugar ideal para “trabajar”. Pero ya sea por la zozobra en la que el ritmo capitalino nos tiene inmersos o porque las ratas aunque no actúen como tales, siempre estarán presentes desplazándose en los articulados de Transmilenio; una vista medianamente afilada empieza a observar cosas: Un hombre morocho y un tanto sucio pregunta a una empleada del sistema por la ruta F51 y segundos más tarde cuando esta se descuida comienza a desplazarse sigiloso hacia el extremo contrario de las indicaciones, mirando constantemente hacia atrás y apurándose por mezclarse con la multitud que está próxima a subirse a un articulado J23 . Una flaca pelirroja muy bonita de pinta semipunk cubierta por un saco azul desgastado que dice “Cherry”; observa a las personas de forma atenta y camina por distintos extremos de la estación sin retirarse de esta en —al menos— unos 30 minutos. Dos jóvenes que tienen la cara cuarteada, aparentemente por el basuco; por hacerse los graciosos o quizás por recordarle quien manda a los demás pasajeros, pronuncian al unísono la incómoda frase: “Próxima parada portal Bronx”.

Mientras ellos sonríen, caigo en cuenta de que pocas personas de las que han transitado la estación de Ricaurte —desde que llegué a ella— lo hacen. En todo este tiempo que la he estado recorriendo, solo vi un alegre chico afro cantando y una bonita señora regordeta con cara de tía alcahueta, sonriendo y sorprendentemente, sonriendome al pasar. Característica a la que estoy acostumbrado por el carácter tan saludable de mi querida madre y por mi crianza en la cálida ciudad de Armenia; característica poco común en esta urbe capitalina. Quizás la razón tenga que ver con que entre semana a tempranas horas de la mañana, no se ven niños (por obvias razones) y que los adultos, y más, los adultos que habitamos en selvas de concreto, hemos menguado significativamente nuestra capacidad de expresar alegría.

Si nos pusiéramos graciosos (o quizá pelotudos, depende del humor de cada lector), podríamos bautizar a Ricaurte como 'Estación Estreñimiento', debido a su transito lento. Atravesar la estación tarda los 10 o 15 minutos previamente referidos, únicamente si el procedimiento se realiza a paso acelerado o semiacelerado (incluso dudo que corriendo se pueda cruzar en cinco y ni hablemos de horarios pico). El centro de la estación es el único espacio calmo, es más ancho que la zona de las cápsulas y de los túneles (recordemos que allí están el puesto de información y los cajeros; también una de esas casas de apuestas que no faltan en ningún rincón de Colombia y una rampa para discapacitados). Y solo en él, es posible ver que varias de las personas que caminan, dan pasos más calmados; aquellas que por fin llegaron a su destino. Las demás, trotan para lograr sus conexiones de ruta lo más pronto posible. En los túneles sucede un fenómeno curioso del que confieso también he sido víctima varias veces. Varios transeúntes aceleran su paso al escuchar el ruido que hacen los articulados que están en la superficie al detenerse en su lugar de parqueo. Como si algo adentro de ellos (o de nosotros) asegurará que la formación entrante es la tan esperada ruta ideal y que el no correr tras ella supondrá extensos minutos de esperar a la siguiente.

Por su lugar estratégico conectando rutas sur-norte y oriente-occidente, creo que no sería descabellado decir que todos los que residimos en Bogotá en algún momento de nuestra vida hemos visitado la estación de Ricaurte. En ella transitan todo tipo de personas: Altas, bajas, gordas, flacas, jóvenes, de avanzada edad, trabajadoras, desempleadas, acomodadas, indigentes; elegantes y agraciadas chicas de silueta televisiva u otras de cuerpos enormes, cuyo pecado no es su tamaño, sino el viajar en blusas que hacen intentos desesperados por empacar ombligos al vacío y fracasan estrepitosamente en el intento. En fin, el 90% de los habitantes de la ciudad se resumen día a día en esta enorme estación que también puede escribirse también con L de Lección. Recordemos que en inglés “life” significa vida y si escribimos Ricaurte con L de vida, encontraremos sin mayores dificultades un paralelo entre lo que es la vida en una vertiginosa Bogotá y los instantes de vida que se consumen en una pequeña porción de Bogotá. Una que según Wikipedia, esta situada “específicamente sobre la Avenida Colón entre carreras 27 y 29 y sobre la Avenida NQS entre calles 10 y 12”.

Ricaurte en síntesis, nos enseña cual es el precio de la prisa en “La” (con L) vida citadina. Vivir locos, acelerados, agotados, distraídos, vulnerables, estresados, amargados, inseguros y quien sabe cuantas cosas más. Ricaurte es una metáfora que nos enseña que a veces perder 10, 15 o 20 minutos hace una gran diferencia. Una donde el tiempo jamás recuperado, nunca será tan valioso como una vitalidad que día a día, desperdiciamos y malgastamos entre urbanos azares cotidianos.

Por: Pablito Wilson

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