Laura Las Delicias
Daniela las delicias de Maiky
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¡Qué delicia!

Está lloviendo. Está mirando por la ventana, viendo llover en la ciudad y no puede evitar pensar que es un placer poco explorado el estar bajo techo mientras afuera llueve, mientras la gente corre por no mojarse, pero por correr caen en charcos, charcos negros inundados de la porquería del suelo de la ciudad que la lluvia lava, gente mojada por los carros cuando estos pasan por una acumulación de agua, motociclistas que se deslizan sobre las marcas de pintura mojada, gente con la ropa empapada y que huelen a perro recién bañado, en especial cuando se reúnen en multitudes.

Mira a través de la ventana el diluvio, aquí llueve con viento, de manera que cada gota de aguacero tiene una dirección distinta, incluso horizontal para mojar a aquellos que se refugian bajo los aleros de las casas; hablando de casas, existen esas casas de dueños miserables y mezquinos que no tienen aleros para refugiarse o aquellos retrasados que disponen el desagüe de su terraza sobre la acera para que el viandante despistado se dé una ducha al pasar, lo que no hace ninguna gracia si se vive en climas fríos a paramunos (haga de cuenta Bogotá, Pasto, Tunja y así sucesivamente). Es de esas ventanas viejas, de casa vieja, de Teusaquillo para ser más exactos, de esas con marco metálico de ángulo estructural, que no tendría por qué estar en el marco de la ventana de una casa, de esos marcos que han pintado tantas veces que han perdido todo sentido de rectitud y ahora se ven retorcidos, como los dedos artríticos de un anciano, de esas ventanas que tienen maña para cerrarse y sólo quien ha pasado largos años luchando con ella sabe cerrar, de las que se traba si se abre demasiado y se requiere la fuerza de dos o tres hombres vigorosos para tornarla a su puesto; de esas ventanas que cerradas o abiertas da lo mismo porque entra el mismo chiflón – como diría la abuela.

Hoy es uno de esos días en que está lloviendo tanto que al terminar los charcos tendrán agua clara en vez de esa agua cochina y putrefacta que suelen contener, un agüita clara clarita clara, como esas piedras falsas que simulan ser diamantes y ponen en la bisutería de San Victorino (y que luego venden por toda la ciudad), de esos que dan unos reflejos de colorines pastel, como ese verde pastel combinado con la claridad, como los ojos de la chica que mira a través de la ventana. Mientras mira por la ventana veremos a través de sus ojos, el reflejo de la ciudad con el aire lleno de agua, con un arco iris por allá al sur donde no llueve y aún caen los rayos del sol, con la montaña verde poderosa dominando el panorama, que llora sus ríos y quebradas para inundar la ciudad.

Está ansiosa, fuma un cigarrillo tacado con un poquito de yerba ‘creepy’ que le regaló ‘Michel’ en el parque, en la otra mano un vaso con un preparado de licor de amaretto, vodka y helado de vainilla, hace frío pero la combinación lo vale; recuerda “eh, mira qué chichipata, ni siquiera para retocarse las raíces, mucha loba” había dicho sin disimular la pendeja de Marcela que era más chichipata, tan chichipata que ni siquiera se tiñe el pelo porque no le alcanza, se había jurado no molestarse por esa nimiedad pero estaba inquieta esperando a Julián y el muy pendejo nada que aparecía, de seguro debía estar escampando en la tienda de don Miguel, fumando esos detestables ‘Mustang’ que saben tan hediondo, hubiera preferido que fumara inclusive ‘Pielroja’ con tal de no sentir ese hedor en su chaqueta y que ya no se iba por más que la enviara a la lavandería.

¿A qué hora llegará? – se pregunta, detestaba que la calentaran y que luego se hicieran de rogar, si es interesante el misterio, ayuda a encender la pasión, pero cuando se exagera se vuelve detestable, desesperante. Habían estado teniendo una conversación muy agradable, muy placentera, palabras sucias, promesas acerca de poses imposibles, fantasías para invitar a los vecinos, fantasías para hacerlo en la escalera del edificio en frente de los vecinos – con niños y todo; inventos irreales acerca del sexo oral o la masturbación que nunca llegaban a cumplirse porque Julián a veces se ponía polvo e’ gallo y se demoraba más en entrar que en venirse, para luego quedarse dormido y levantarse arrecho media hora después cuando ella ya había satisfecho de manera autónoma algunas fantasías; luego Julián había dicho que la esperara en su casa, que salía corriendo para allá. Era tarde de sábado, su compañera de habitación Juana había salido, cuando salía una tarde de sábado en general no regresaba hasta la noche del domingo, así que tendrían privacidad e intimidad para alocarse sobre la mesa del comedor, en la cocina, en la nevera, en el baño, en la inmensa ventana de la sala que tenía una genial vista sobre la montaña.

No se sentía hoy con ganas de esperar al precoz, estaba un poquito emputada (eso de una mujer un ‘poquito emputada’ da mucho que pensar, no se ha visto la primera) y no era tan bacano tirar así, era mejor estar más relajada, por eso el porro, por eso el cóctel y por eso sonaba ‘Tender Surrender’ de Steve Vai en el computador, esa canción tenía una cierta influencia lujuriosa sobre su libido, era difícil saber si se debía a que uno de sus primeros encoñes era de esos músicos vagos pero muy conocedores de toda clase de melodías lascivas y que insistía mucho en preámbulos musicales antes de las faenas sexuales o a que su padre tocaba el saxofón – hay pocos instrumentos más obscenos – en un conjunto de jazz y ella lo acompañaba a las presentaciones cuando era niña “tendría que volver a verlo” se dijo mientras olvidaba que don Arturo yacía hacía más de cinco años bajo tierra.

Sentía la suavidad de esa espuma alcohólica y aromática que forma el helado, el vodka y el amaretto, se aferraba a la cavidad de su boca, de su lengua, como un dulce lubricante que invita a ser probado dentro de una boca ajena, introducir la lengua bien al fondo para rescatarlo todo. Un ligero relámpago recorrió su espalda desde la parte de debajo de sus huequitos de la cadera y hasta un poquito arriba de la vértebra más alta, justito antes de donde comienza el cerebelo y que da un mareo muy agradable, como cuando se levanta uno de la mesa después de beber cinco tragos fondo blanco. Recordó la primera vez que Julián le preparó ese cóctel “¿cómo se llamaba?”, se tomaron un par en la mesa mientras charlaban, luego se levantó a preparar el siguiente y ella lo siguió a la cocina, le espió por detrás de la oreja mientras le respiraba suavemente un gemido sugestivo como un murmullo caliente, el tipo no lo pudo resistir, se volteó de repente y le atenazó las manos con las suyas mientras la empujaba contra la pared, empujaba también su pelvis contra su ingle, un bulto caliente y duro como la lengua grácil y ardiente que le inundaba la boca.

Se le escapó un murmullo casi inaudible, suavecito como la espuma del cóctel, luego una respiración profunda y el cigarrillo a punto de consumirse se le escapó de la mano sobre el tapete con la marca de sus labios en el filtro; tomó un trago más para acabar el vaso y pasarle una relamida al fondo porque el fluido era muy persistente. Se dejó caer sobre el sofá, con la lencería negra de encaje marcando sus curvas, sopesó sus tetas a mitad de camino entre firmes y voluptuosas, con ese pezón rosadito que ahora por el frío se marcaba con altivez sobre el sostén, se acomodó el liguero y se percató que el cachetero no formaba pliegues al recostarse hacia delante, una maravilla producto del ejercicio constante y una dieta más o menos cuidada, no era de las que se mata de hambre ni se priva de placeres para lucir un buen cuerpo, disfrutaba simplemente de una genética permisiva para llevar un estilo de vida semejante. Se acabó ‘Tender Surrender’ para dar paso a ‘Stronger than me’ de Amy Winehouse (descansa en paz donde quiera que estés dulce diva del licor, voz maravillosa para acompañar borracheras) y la melodía o la bareta hacían efecto y ahora se hundía entre el sofá, entre el hueco de dos almohadones de cuero camel, sus manos de dedos alargados cayeron sobre la parte superior de sus muslos y se fueron hundiendo con lentitud hacia dentro y abajo, sentía la firmeza de ese músculo de ahí “¿cómo se llamará?” y lo acarició un momento, un calor agradable se apoderó de su vientre, de su bajo vientre, de su ingle; recordó un día teniendo un preámbulo con Andrea en un ascensor y su cachetero se mojó para hacerle saber la potencia de los recuerdos, otro gemido como una exhalación que por el frío de la tarde casi se vio como vapor saliendo de sus labios delgados, carnosos, inflamados y se reflejó en sus ojos como un destello fugaz de una esmeralda sin pulir, sus ojos con las pupilas dilatadas por la marihuana y la excitación, entonces su mano que ya no era suya (“es mi mano” dijo Andrea) se metió por debajo de su cachetero y encontró aquel desierto paraje ardiente y anhelante (“que rico huele, que rico sabe, que rico se siente” le dijeron unos brillantes ojos negros y una voz grave).

Entonces sonó la chapa de la puerta, era Julián que llegaba mojado y oliendo a muchos ‘Mustang’ acumulados sobre la chaqueta…

¿Saben de quien hablamos? acá les presentamos a esta delicia

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