Laura Las Delicias
Daniela las delicias de Maiky
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El Papa no es bienvenido en Colombia

Aprovechando que por estos días millones de colombianos están felices por el nombramiento de un nuevo cardenal oriundo de nuestro país y por la eventual visita que hará a Colombia el señor Jorge Mario Bergoglio, quería preguntarles si acaso se les olvidó lo que sucedió, entre el 5 y 6 de diciembre de 1928, en el hermoso municipio de Cienaga, Magdalena. Sospecho que sí, aunque, probablemente, ni siquiera el problema radica en que lo hayan olvidado. Debe haber millones de colombianos católicos a los que no les han contado esta parte de nuestra historia. Pero tranquilos, yo soy un muy buen compatriota que viene a refrescar o ilustrar sus memorias. Por eso, espero sus agradecimientos en las bandejas de entrada de mis cuentas personales en Gmail, Facebook y Twitter. ¡Ah! Tranquilos que también recibo insultos.

“La masacre de las bananeras” es el nombre con el que conocemos a los trágicos acontecimientos que ocurrieron hace 56 años muy cerca de Santa Marta. Una de esas manchas imborrables que tiene la memoria colectiva de todos los que nacimos en el país más feliz del mundo. Seguramente muchos de ustedes, los lectores, a esta hora se deben estar preguntando qué tiene que ver la visita de Francisco con un asesinato múltiple que, a quienes amamos a esa patria, aún nos hace sentir impotencia, indignación y pena. Pues les tengo la respuesta: todo.

La United Fruit Company era una transnacional rica y poderosa que hacía parte de las múltiples compañías que funcionaban como base financiera de la Iglesia Católica y, especialmente, de la Compañía de Jesús. Sí, la misma congregación religiosa de la que salió el actual sumo pontífice, alias “Francisco”, que estará visitando nuestro país dentro de poco tiempo. En otras palabras, los jesuitas eran los dueños de la United Fruit Company. A Jorge Mario, ya me lo imagino lanzando bendiciones y sonrisas falsas a todos los colombianos, como una reina de pueblo lanza besos desde un camión de bomberos, cuando ponga sus pies en la patria de su amigo el cardenal Ruben Salazar. Por eso supongo que al habitante de la Casa de Santa Marta, ubicada en la Ciudad del Vaticano, no le duele el alma cuando recuerda que la Institución que ahora él dirige, el Gobierno de Colombia y Estados Unidos fueron los culpables y cómplices de la muerte de casi 2 mil trabajadores honestos a quienes un día los exterminaron como si fuesen ratas. A mí no se me olvidó la actitud alcahueta de la Iglesia Católica y su papa Pío XI, tampoco podré dejar de lado en mi memoria el accionar criminal del Gobierno que presidia el miserable Miguel Abadía Méndez, ni la presión que ejerció desde Washington, el por esos días presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge quien amenazó con invadir a Colombia con sus marines si es que no se “protegían” los intereses de la poderosa empresa comercializadora de alimentos. Por eso, y muchas razones más, a Bergoglio y cualquier otro zángano de la Iglesia Católica, el Gobierno Americano o político colombiano no debemos hacerle ningún tipo de venias. Al contrario, no deberíamos siquiera dejarlos entrar a nuestro territorio. Todos ellos se han dedicado a matar a los nuestros, a los trabajadores, a los estudiantes, a los campesinos. Mejor dicho: han acabado hasta con el nido de la perra.

Ademas, sigo sin entender a qué carajos querrá ir, su santidad, a Colombia. ¿Será que va a abrir nuevas escuelas pagadas con dinero de su bolsillo? No, ese personaje no produce un solo euro al año. ¿Abrirá nuevos hospitales con el dinero que cobran para llevar a cabo bautismos, primeras comuniones y velorios en su Iglesia? Tampoco. Él va es en su avión privado, si llega a pasar la noche en nuestro país seguramente se queda en un hotel 5 estrellas y no en una casa de adobe en Ciudad Bolívar, una casona de latas de alguna comuna del nororiente de Medellín o una pensión a punto de irse al piso del Distrito de Agua Blanca. Y, ademas, todo para él va a ser gratis. Tal y como Dios manda. En suma, a lo único que van los papas a Colombia, como ya lo hicieron los bien muertos de Pablo VI en 1968 y Juan Pablo II en 1985, es a dar golpes publicitarios con centenares de cámaras en sus espaldas.¿Sera que las bendiciones de ellos ya le quitaron el dolor a las familias de los colombianos asesinados en Cienaga? Si la respuesta es afirmativa entonces que Álvaro Uribe Vélez tome carretera con destino a Soacha y empiece a bendecir a los familiares de los falsos positivos y que, de inmediato, siga su ejemplo alias “Timochenko” para ver si las victimas de las muertes que ha ocasionado su guerrilla encuentran la paz y superan el dolor.

Por: Fabio Andres Olarte
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