Laura Las Delicias
Daniela las delicias de Maiky
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Lo que se regala no se pide

No se equivocan al decir que la mejor etapa de la vida es la niñez, ser niño es más chimba que encontrarse plata en una chaqueta que hace mucho tiempo uno no se ponía. Un niño solo necesita a la mamá cerquita, algo para jugar y dulces y es feliz. En cambio, la vida adulta es un visaje porque para ser feliz uno necesita plata, amigos, pareja, familia, más plata, trabajo chimba o en el mejor de los casos no tener necesidad de trabajar, etc. El problema es que si uno tiene plata no tiene amigos para disfrutarla, si tiene amigos no tiene plata, si tiene amigos y plata no tiene pareja, si tiene pareja no tiene amigos, si tiene familia no tiene pareja, si no tiene familia no tiene ni mierda… jartísimo todo.

Pero bueno, ya todos sabemos que la vida es un visaje entonces no hablemos de eso, vamos a enfocarnos en esa bella época en la que éramos felices pero no lo sabíamos y eso nos hacía aún más felices.
Tendría yo unos 7-8 años de edad o algo así, cuando mi adicción por el helado me empezaba a preocupar. Yo vendía mis cartas de Dragon Ball Z en el mercado negro de la sede de primaria del colegio, para ir a comprar helado.

Comencé comiendo helados caseros, de esos que hacía la vecina con el cuncho que quedaba del jugo. Luego, cuando sentía que no me satisfacía comencé a consumir Bon Ice, era más práctico pero seguía sin llenarme. Seguí con las paletas pero paila, cuando se derretían me volvía mierda los brazos así que opté por el que venía en vasito pero era muy poquito. Cuando vi que ya nada me hacía sentir como la primera vez que comí helado, la vaina trascendió e incursioné en el chocolate. Los helados cubiertos con chocolate eran otro nivel pero eran más cariñosos y esa rentica tan hijueputa no la podían costear las vueltas de los mandados, así que tuve que dejar con el dolor de mi alma aquellas creaciones de Dios. Finalmente me conformé con los helados caseros, el que más me gustaba era el de coco pero todos eran severos. La Polet nunca la probé porque eso significaba descuadrar a mi familia de por vida, comprarse una Polet es peor que endeudarse con el ICETEX, ustedes saben, pero eso ya es otro tema.

Como a dos cuadras de mi casa había una droguería donde vendían toda clase de helados, ir a esa droguería era para mí lo que es ir a Theatron para un marica, uno tenía la posibilidad de elegir entre muchos qué comerse. Muy chimba todo pero como siempre, había un problema… éramos pobres. “La pobreza es mental” dirán algunas personas, pero dime hijueputa ¿Cómo puedes pensar en salir de la pobreza cuando no tienes plata ni para coger un bus que te saque de esa mierda? En fin, ser pobre es más feo que escribir dos cuartillas para que te respondan con un “ok”.

El hecho es, queridos hermanos, que mi estrato socioeconómico no me permitía mantener mi adicción a los helados y pues qué tristeza, severa lokita yiosito. Pero como para los guasabros esas no son penas, comencé a buscar la forma de comerme el último helado antes de dejarlo para siempre. Resulta que el señor Agapito (a lo bien se llamaba así el señor), dueño de la droguería aledaña a mi casa, era extremadamente confiado y dejaba las llaves pegadas a la nevera de los helados. Así que, partiendo de ese hecho comencé a crear mi estrategia.

Llegó el día de la verdad, y puse en marcha el plan maestro. A eso de las 2 de la tarde, después del almuerzo, le dije a mi mamá:

—Mami, me duele el cuerpo.
Mi vieja toda linda me respondió:
—Agh muñeca, yo tengo una pastilla para la gripa en el bolso ya se la doy.
Vida hijueputa, yo no contaba con eso, así que me tocó improvisar un poco:
—Pero también me duele la garganta.
—Toca entonces ir a comprarle otra cosa, ya vengo.
Respondí:
— ¿Puedo ir?
Bueno, realmente no planeé bien las cosas y no tuve en cuenta que mi mamá respondería algo como:
—No, quédese porque el sereno le hace daño.
Y yo re:
—AHH GONORREA OME GONORREA, QUÉ SERENO SI ES TEMPRANO, ADEMÁS EL SERENO NO ME TOCA OMEEE, LLEVÁME PUES CUCHA.

El hecho es que después de rogarle, mi mami cedió y decidió llevarme con ella a la droguería. Fase número uno: completada.

Llegamos al lugar y había resto de gente, diosito me tenía servidito todo. Mi mami fue hacia la vitrina y me dejó jugando con una maquinita que había en el establecimiento. Yo analicé el terreno y pillé que efectivamente las llaves estaban pegadas en la nevera como siempre, así que me fui acercando suavecito despacio. Comencé a correr poco a poco la puerta del cielo congelado mientras me hacía la marica mirando hacia otro sitio. Abrí la nevera y estiré mi manito, cogí lo primero que encontré y me lo metí por debajo de la chaqueta velozmente. Nadie lo notó, cerré la puertica y me retiré victoriosa lentamente. Agarré a mi mamá de la mano como si nada hubiera pasado y al terminar la compra salimos de la droguería… coroné pues.

Llegamos a la casa y mi mamá no se había dado cuenta del duro golpe que yo le había dado al capitalismo, sin más, me dio la pastilla y se fue para la cocina a lavar la loza. Apenas se fue, triunfante saqué el helado y detrás del armario comencé a comérmelo porque una aventura es más divertida si huele a peligro. Estaba entonces saboreando la victoria cuando algo interrumpió mi tranquilidad… era la voz de mi mamá que decía:

— ¿Usted qué está haciendo?
Y yo re:
—NADA MAMI, AQUÍ TOMANDO EL SOL EN LA PLAYA RE MAKIA
Mentiras, no le dije nada porque qué. Ella continuó:
— ¿Usted de dónde sacó ese helado?
Pues nada, llevarla hasta el final como las guerreritas de Dios.
—Don Agapito me lo regaló.
—Tan amable don Agapito, vamos a darle las gracias ¿no? – dijo mi mamá de manera desconfiada.
Y yo tipo:
—AAAHHHHH PERO NO DUDÉS DE MI PALABRA, CREÉ EN MI COMO CREÉS EN JESUCRISTO QUE DIO LA VIDA POR NOSOTROS.
Obviamente le dije que no porque qué pena molestar al señor, pero mi mamá dijo algo que me rompería el kokoro re fuerte:
—No, qué le va a molestar que le demos las gracias. No hay problema ¿cierto? ¿O es que usted cogió eso sin permiso?
—NO. RESPETÁME PUES, RESPETÁME Y RESPETÁTE – pensé.
En fin, mi mamá me agarró de un brazo y salvajemente me llevó al lugar del hurto, yo estaba más asustada que Maluma en un examen sobre la tabla del 2. Entró mi mamá y le dijo al señor:
—Don Agapito ¿verdad que usted le regaló un helado a la niña?
— ¿Un helado? No mi señora, ustedes llevaron solo las pastillitas- dijo don Agapito.
Pues me dañaron, perritos, me dañaron feo. Mi mamá empezó a mirarme con cara de asesina mientras yo pensaba:
—EH MERA LOKITA HIJUEPUTA, SEVERO MORIDERO CON LOS SOCIOS PERO BREEEEEEVEEEEEE
Mi mamá le comentó al señor lo que había sucedido y le ofreció excusas. Hasta le pagó el helado y yo re:
—NO MAMÁ, NO LE PAGUÉS NADA A ESA LOCA OME QUE LO QUE SE REGALA NO SE PIDE. VENÍS A GANAR DE DROGUERÍA BECERRO ES LO QUE SOS.

Mentiras, yo calladita mi jetica porque ya paila la vida. Llegamos a la casa y mi mamá me pegó con la chancleta café de mi tío. Después de eso no me quedaron ganas de comer helado. Si don Agapito me lee: así no son vueltas, uno no deja morir de esa forma al cliente, perro, re mal acto porque yo con usted fui firme y solo le compraba a usted… pero breves. Igual no importa, esas cosas forjan el carácter.

Eso fue todo, queridos hermanos, ahí perdonarán todo lo malo pero necesito que entiendan que no se puede ser chévere siempre.

Sigue a la autora en @La_Vieja_Kathe

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