Laura Las Delicias
Daniela las delicias de Maiky
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La voz de la resignación

Me gusta viajar por tierra en la madrugada cuando voy de Cali a Bogotá. Hay gente que suele decirme, “¿pero no prefieres viajar por avión? El vuelo dura menos y cuesta lo mismo”. ¿Cuánto tiempo creen que estoy perdiendo cuando viajo de noche? Si básicamente estoy pagando por dormir en un bus. No tengo problemas con viajar por tierra, a mí me gusta viajar por Expreso Bolivariano. Disfruto todo, cuando el chofer pone el aire acondicionado al máximo sin que le importe el clima helado de la montaña, la parada obligatoria a tomar café en una tienda en la mitad de la nada, ese placer de echar la silla hacia atrás y dañarle el viaje al otro pasajero.

Desde hace un par de años no viajaba por tierra de Cali a Bogotá y muchas cosas han cambiado en los buses, ahora tienen una pantalla al frente de la silla de cada pasajero para que cada uno escoja lo que quiere ver. Eso es bueno, quiere decir que los tiempos de estar sometido a una película de Vin Diesel se acabaron. Ahora, no todo es perfecto. Para los que son humanos normales y se marean viendo una película cuando el bus transita por el Alto de La Línea, hay una selección musical. Pero la selección musical es tan pobre que en la carpeta de Rock hay una canción de Camilo, el “ya no tan niño” que ganó el Factor XS. No es divertido mirar hacia la ventana escuchando “Bring me to life” de Evanescence, pero es más divertido que escuchar a la señora de atrás preguntándole a su hija si tiene ganas de vomitar. Cuando el bus llegó a Bogotá, dejé que todos se bajaran primero porque tenía una erección, pero luego me dejé llevar por ese sentimiento colombiano de, “me tengo que bajar rápido, me van a robar la maleta”, ustedes lo conocen. Me cubrí el pene y bajé del bus. Reclamé la maleta y vi que en una de las puertas estaba parado un policía. Ese policía me llamó y pidió mis documentos. No se los pidió a nadie más, ni antes, ni después. Yo le di mi cédula, pero no sin recordar el vídeo viral de Carlos Angulo, el negro que se molestó porque lo requisaron en la calle. Pude hacerle al policía un Carlos Angulo y decirle: “Acabo de llegar, ¿ves mi ropa en la maleta? ¡Acabo de llegar, hijueputa! Por eso estoy piedro. ¿Y por qué a ellos no los requisás? ¡Porque ellos sí son de esta ciudad! Vienen pasando cada cinco minutos más de 200 personas y escoges exactamente al único caleño que va pasando para requisarlo. Y este hijueputa país hipócrita, que nos ha tenido a nosotros los caleños haciendo una enorme contribución a la construcción de la nación, no respeta nuestra humanidad”... Pude decirle eso, pero ser un marica exagerado no es mi estilo. Luego busqué un minuto para llamar a un familiar, pero me encontré con que no solo los buñuelos son caros en La Terminal de Bogotá, también las llamadas.

Hablamos luego, estoy pagando el minuto más caro de Colombia. ¿Cuánto es, señora? - Dos minutos. $800 - ¿$800 por hablar dos minutos? Señora, ¿usted sabe que con los mismos $800 puedo hacerle una llamada de ocho minutos a mi papá confesándole que soy gay y nos da suficiente tiempo para llorar y superarlo?
Hacer la fila para esperar un taxi en La Terminal, es lo más parecido a morirse e ir a dar al purgatorio. Ahí me detuve a pensar qué hacía en Bogotá y por qué me había ido de Cali. Bueno, encender un cigarrillo es mucho más gratificante en Bogotá, eso es seguro... ¿Cali? De Cali no sé. Cali es un desastre. Hace muchos años pensé que los pasos que debía seguir la ciudad para mejorar eran, 1) Abrazar su realidad como ciudad de mierda. 2) Resignarse. Pienso que se puede trabajar desde su misma condición de ciudad de mierda resignada. Y Cali se resignó, pero se saltó ese paso importante de aceptar su condición de mierda y eso parece que nunca va a suceder, porque hay gente que sigue orgullosa de sus parques inseguros, de su equipo de fútbol descendido, de sus centros comerciales que son auténticos templos al escapismo, de la relevancia impuesta a su escritor suicida, de su género musical en decadencia, del río pero hasta El Gato, de sus vídeos promocionales realizados con un dron que hace que todo se vea lejano y ajeno, orgullosos de tantas cosas que no funcionan... Yo creo que de aceptar que algo no funciona y resignarse, salen cosas positivas.

No hay cómo frenar a los colados en el sistema de transporte masivo. De nada sirve poner un vigilante en la estación de Santa Librada para que le llame la atención a dos colados, mientras a sus espaldas, al otro extremo de la estación, se suben diez personas sin pagar. Es inútil. Y tampoco es una solución poner dos o tres vigilantes más. Ni la autoridad, ni la sociedad funcionan en Cali y si toda la gente lo aceptara sería algo hermoso, porque nos daría a pensar: “Mierda, si un vigilante con un bolillo no puede con tanto colado, sería mejor intentar otra cosa”. ¿Qué tal esta idea? Si a cada colado se le recibiera con un collar de flores hawaiano y un aplauso de bienvenida, como si acabara de llegar a un resort, habría menos colados, lo juro. ¿Por qué? Porque el caleño se muere de la vergüenza y funciona con el “qué dirán”. Por eso los manes se matan en las discotecas cuando les miran a la mujer, porque “qué pena”, no porque les vayan a raptar a la mujer. De aceptar que siempre van a existir los colados y de resignarse a perseguirlos, puede salir una solución. Las filas son un asco, pero al menos te dejan pensar por un rato. Es como lavar los platos o ver El Boletín del Consumidor. Y pues, estoy en Bogotá. ¿Qué hay para hacer? ¿Conocen algún lugar para comer carne de chigüiro? Si no saben quién soy, aún soy la voz de la resignación.

No me gusta escribir, no me gusta pensar que la gente de donde provengo puede ser más inteligente que yo y no me gusta que la gente use tanto la palabra “sobrevalorado” en internet. Soy producto de un divorcio y de Cartoon Network. Oye, al menos soy honesto.

 

Por: Señor X

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