Laura Las Delicias
Daniela las delicias de Maiky
canela-las-delicias-de-maiky

¿Qué hacemos con los YouTubers?

¿Los valoramos? ¿Los entendemos? ¿Los ignoramos? ¿Nos indignamos? ¿Les deseamos la muerte? ¿Nos decepcionamos otra vez de la especie humana?

Álvaro Castellanos | @alvaro_caste en Twitter

De un tiempo para acá los YouTubers se tomaron el mundo. Sin ir más lejos, los más famosos de Colombia se están ganando actualmente más de un millón de dólares al año: una mega-fortuna, a cambio de hacer ruidos, muecas y gritar idioteces frente a una cámara. Es decir, a cambio de nada. Pero los YouTubers no sólo están tapados en billete y cumplieron nuestro sueño de vivir sin trabajar. Ellos son además figuras mediáticas. Ídolos pop. Movilizan turbas iracundas y en este caso a los más poderosos de todos: los adolescentes. Esos que nunca pusieron un pie en una biblioteca para hacer tareas porque nacieron con Internet. Millennials chiquitos. Dispersos. Incomprendidos. Se comunican con selfies, snapchats y emojis. Son el target más influenciable del mundo, aún por encima de los cristianos. Y claro, para los YouTubers esta idolatría les representa popularidad, anunciantes, tumultos, histeria y mucha plata. Sobre todo mucha plata.

Sosteniendo una copa de coñac, en bata de satín, acariciando un gato y lanzando carcajadas malvadas, algún cretino de Penguin Random House tuvo la idea de organizar durante la Feria del Libro de Bogotá una firma de autógrafos con un YouTuber famoso de su editorial. Así incentivaban la venta de su libro y cuadraban caja. No hace falta explicar que hoy en día nadie lee y que, entre comprarse una novela histórica de 450 páginas de William Ospina o Juan Gabriel Vásquez, la gente prefiere salir de la Feria del Libro con 4 globos, 3 afiches, 2 portarretratos, una caricatura y su nombre en letras chinas sobre papel propalcote.

Pues bien, la visita del chileno “Yo soy Germán”, segundo YouTuber más popular del mundo, convirtió a Corferias en un concierto de Justin Bieber. En un caos impresentable. Ese sábado, las filas de ingreso daban varias vueltas a la manzana y, por primera vez en 28 años de feria, las entradas se acabaron a las 11 de la mañana. Parecía una peregrinación a La Meca. En 2015, Juan Pablo Jaramillo, un YouTubercito colombiano, había arrejuntado a un par de miles de niños en la Feria, pero lo de 2016 desbordó todo sentido común. La única vez en la vida que vi una fila más grande fue en 1999 cuando Metallica tocó en Bogotá. Como tres kilómetros de metaleros. Y aunque la fila era una bestialidad, algo de sensatez tenía porque se trataba de un súper-concierto en una época en que las grandes bandas no venían. Pero ¿una multitud así de desquiciada en una Feria del Libro? ¿Aprovecharse de un método tan precario para llenar? Seguro la maniobra estaba fríamente calculada porque se sabe que entre libros caros, lanzamientos malos y charlas pretenciosas no lo iban a lograr.

Ese mismo sábado, para colmo de males, también estaba programada una firma de autógrafos de la más reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aliexévich. La cronista rusa, persona más importante para las letras entre los 7 mil millones de individuos que habitamos el planeta Tierra, tuvo que cancelar su presencia por la montonera que se aglomeró para ver a “Yo soy Germán”. Cuánta incoherencia. Al final, de todo esto podríamos concluir que, en pleno aniversario 400 de la muerte de Cervantes y Shakespeare, el orden mundial de la cultura está oficialmente patas arriba.

El libro de “Yo soy Germán”, cuyas páginas se ven muy buenas para madurar aguacates, se llama “Chupa el perro”: un título que, en palabras del autor, no quiere decir nada. Es como un chiste interno con sus seguidores. Sus libros, y los de Sebastián Villalobos, “El Rubius” y demás YouTubercitos, arrasan en ventas y, bueno, teniendo en cuenta que cualquier hijueputa escribe un libro, es apenas lógico que ellos aprovechen. Al fin y al cabo, entre “50 sombras de Grey”, el libro del Procurador, el de Jota Mario, cualquiera de Paulo Cohelo y tantos otros de superación personal, los libros de YouTubers también merecen un lugar en este saturado mundo de la literatura de mierda. Dice la periodista Claudia Morales, quizá la mejor de Colombia, que “en vez de descalificar esta tendencia, deberíamos aprender de qué se trata”. El problema es que, entre uno más los conoce, más ganas dan de odiarlos. A los YouTubers hay que cerrarles las puertas tan implacablemente como deberíamos hacerlo con los paramilitares. Y con Coldplay.

Al margen de su subnormal esencia, los YouTubers se han vuelto una fuente inagotable de ingresos, sólo que quienes los manejan apenas están descubriendo cómo hacerlos facturar. El principal origen de sus ganancias es obvio: YouTube. Cuando un generador de contenido propio comienza a acumular X número grande de reproducciones y suscripciones a sus canales, entra en el radar de YouTube, que tiempo después lo contactará y abrirá la billetera si es que sigue subiendo videos y generando interacciones. Es tan lucrativo esto de ser YouTuber, que la revista Forbes ya tiene su propio ránking de YouTubers millonarios. En 2015, lo lideró un sueco de 25 años llamado Felix Kjellberg, que gracias a su canal "PewDiePie" cobró la medio pendejadita de 12 millones de dólares.

Hace un par de meses se hizo en Bogotá una feria de YouTubers y miles de adolescentes convencieron a sus papás para que les pegaran boletas hasta de 300 mil pesos por verlos, tenerlos cerca y, en el mejor de los casos, abrazarlos o tomarse una foto. En sus presentaciones, estas celebridades de mentiritas se intentaron centrar en algo que lejanamente podría interpretarse como humor. Pero no el buen humor de Groucho Marx, Andy Kaufman, Jerry Seinfeld o, manteniendo las proporciones, Jaime Garzón quienes, detrás de las risas, lo dejaban a uno pensando. Porque es bien difícil que las muecas, ruidos u obviedades que escupen los YouTubers dejen algo diferente a una profunda tristeza. Lo cierto es que a estos anti-líderes de opinión ya los están exprimiendo para generar las mayores ganancias que puedan. O que le pregunten a Germán, quien durante su firma de autógrafos de 12 horas sin parar en la Feria del Libro se maluqueó y llegó a vomitar dos veces. Todo por vender. Todo por la plata.

Influyentes, pero supra-valorados, los YouTubers llegaron a la cima con muy poco, como por casualidad, pero ya entrados en gastos están construyendo una revolución. Una revolución de estupidez, quizá, pero revolución al fin y al cabo. Ellos qué culpa tienen que hoy día reine la ligereza, lo viral, lo fugaz, lo inmediato. Son sólo unos afortunados de las circunstancias. Y si no llegaban ellos, llegaban otros. El asunto es que estos Backstreet Boys modernos recién han notado su poder de influencia y el mundo apenas empieza a digerirlos. Ni bien Germán se cagó la Feria y un montón de columnas, como ésta, inundaron los medios nacionales para intentar explicar qué pasa con los YouTubers, por qué son tan exitosos y cuándo su idiotez los va a hacer extinguir. Hasta Daniel Samper Ospina opinó al respecto y se burló, con lo cual admito que por unos minutos me hice barra-brava de YouTubers.

Fuera de chiste, a un YouTuber cuesta encontrarle el lado meritorio, ingenioso o gracioso, sencillamente porque no lo tienen. Sólo gritan lugares comunes enfocándose en primer plano y editan sus monólogos con saltos bruscos y ruiditos jartos, como si hubieran aspirado mucho perico durante la posproducción. Ahora bien, siendo justos, no todos los YouTubers son una porquería. Hay otros peores.

Sin embargo, el reinado de estas criaturas evidencia algo en principio interesante. En épocas de Internet, de apropiación de plataformas y de construcción de agendas de información y entretenimiento propias, los pequeños millennials alrededor del planeta ya no necesitan que alguien mayor les imponga lo que les debe gustar. Ya luego de la irrupción de los YouTubers, eso sí, aparecen las marcas, las estrategias de publicidad, el posicionamiento, la monetización, etc., pero en principio fueron los mismos muchachitos quienes les dieron el estatus de rockstars. Como dice Bob Dylan, “los tiempos están cambiando”. Para mal, pero están cambiando.

Más allá de lo zoquetes que son, está claro que los YouTubers se volvieron poderosos influenciadores de los más jóvenes. Si estos pelados se avispan, ganarían una curul en el Congreso con un chasquido de dedos y podrían seguir cumpliendo el sueño de vivir sin trabajar. Sin embargo, esta “YouTuberidad” también podría tratarse de algo fugaz, un trending topic momentáneo y condenado a la extinción con la misma sorpresa con la que nació. Yo de verdad sí espero que estos mamarrachitos tengan corta vida. De no ser así, nos va a terminar de chupar el perro.

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •   
  •  
  •  

Los comentarios están cerrados.