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En defensa del putidisfraz

Por Álvaro Castellanos | @alvaro_caste en Twitter
 

Llega Halloween. Eso quiere decir que los centros comerciales ya tienen lista su puerca decoración navideña y que uno comienza a resignarse con que este año tampoco se hizo nada. Por estos días, las tiendas de disfraces hacen su agosto en octubre, cinemas y canales de cable atestan sus parrillas de películas de terror y Michael Myers celebra sus matanzas mientras su enemigo Jason Vorhees espera con ansias el próximo viernes 13. Llegado el 31 de octubre, “los papitos” y “las mamitas” entrenan a sus niños para cantar esa canción pendejísima de “quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor” y en cada esquina del país hay fiestas a las que miles de personas acuden en masa, no necesariamente porque les guste esta celebración, sino porque en Colombia cualquier festejo es bien recibido como pretexto para emborracharse. Pero entre fiestas y alcoholes, una repetida tendencia vuelve a apoderarse de mujeres jóvenes y no tan jóvenes: el “putidisfraz”.

El “putidisfraz” es un atuendo femenino usado en fiestas de Halloween, de poca tela y que típicamente sigue algún cliché de sensualidad. La puticonejita, la putienfermera, la putiempleada del servicio, la puticolegiala, la putisecretaria o, valga la redundancia, la putiputa. Casi en bola, miles de señoritas se exponen anualmente a una neumonía para lucir “sexys”, convirtiéndose en el centro de atención masculina durante las celebraciones de noche de brujas. En un salón comunal de barrio, un apartamento, un bar de reggaetón, una fiesta hipster o un evento divinamente en Armando Records la escena siempre será la misma. Damiselas vistiendo provocativamente para levantar o simplemente para divertirse, hombres morboseándoselas y casi todas las asistentes criticándose entre ellas.

El putidisfraz divide más que el santismo y el uribismo; que el gluten y la quinoa. Hay personas que lo atacan dizque porque atenta contra los “principios”, la “moral” y esos discursos jartos plagados de hipocresía que nos cierran las puertas del progreso. Otros lo rechazan porque impulsa el sexismo. Algunos lo apoyan, básicamente, porque “qué rico”. Pero otros más, y en ese lote me incluyo, somos partidarios de que hagan lo que quieran sin juzgarlas.

Partamos del hecho de que no estamos en Corea del Norte así el Procurador y ese hombrecillo auto-apodado “Concejal de la familia” lo pretendan. Acá, se supone, que cada quien tiene derecho a hacer lo que quiera mientras no joda a los demás. En ese sentido, y este es un vainazo especialmente para las feministas, no se puede andar pregonando la defensa de las libertades individuales de las mujeres mientras se les condena por ponerse un vestido que les deja ver el culo. Peor aun cuando la crítica viene cubierta de clasismo. Casi todo aquél que cuestiona al putidisfraz por “guiso” o por ir “contra el buen gusto” seguro legitima que una estudiante de Los Andes vaya casi empelota a Andrés Carne de Res a emborracharse con ginebra, pero condena que una joven sin plata y que se emborracha con guaro vaya en el mismo plan a la Primera de Mayo. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? Ninguna. No es más que una colección de argumentos contaminados por esa doble moral que nos carcome.

Es cierto y realmente odioso que haya un montón de cánones estéticos instaurados en la mayoría de sociedades para imponer un ideal de belleza femenino el cual impone a las mujeres a verse "sexys" en una competencia permanente por la atención masculina, pero eso no es motivo para juzgar a la damisela que por iniciativa propia decida usar putidisfraz. ¿Quiénes somos para señalarlas? ¿Muy putas? ¿Muy guisas? ¿Muy gordas embutiéndose en un disfraz que no les queda? Pues ellas verán. Vivamos, dejemos morir y dejemos de posar de defensores de las buenas costumbres que nos vemos muy zoquetes en ésas.

Por imposición social, por genética o por la razón que sea, generalmente, cuando una vieja está buena deja en evidencia su interés por ser deseada. Por que la miren. E incluso, ha quedado claro lo mucho que pueden llegar a desearse a sí mismas. Lo comprueba, por ejemplo, esa filtración reciente de fotos de famosas sacadas de iCloud y que supongo que todos vimos. Estaban Jennifer Lawrence, Vanessa Hudgens, Kaley Couco y muchísimas más que se cuentan por decenas. El mundo entero supo de sus selfies en bola, donde dejan muy claro que se encantan. De Rihanna también hay un montón de fotos desnuda rondando por Internet aunque, en su caso, el verdadero mérito de un hacker sería divulgar fotos de ella, pero vestida. Hope Solo, futbolista estadounidense, también cayó en la filtración. Sin proponérselo, la portera de la selección de su país le contó al mundo que le fascinan sus posaderas en posiciones explícitas y en primerísimo primer plano.

Las mujeres, o muchas de ellas, delatan permanentemente su auto-veneración y, de alguna forma, el putidisfraz socializa su gusto por sí mismas. Un gusto tal vez narcisista, tal vez superficial, tal vez patriarcal, pero válido. ¿Por qué muchas mujeres lo hacen? Básicamente porque quieren. Como dice el adagio, cada quien puede hacer de su culo un florero si se le viene en gana.

Desde hace años me declaro defensor a ultranza del putidisfraz. Y si usted, señorita, no tiene pensado usar uno en este Halloween, no se ofenda y considérelo. La invito a combatir la morronguería de los prejuiciosos a bordo de un disfraz, diga usted, de putitenista, putipolicía, puticaperucita o putizombie. Las opciones sobran.

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